domingo, 29 de julio de 2018

Retrato de un miércoles

Caminaron callados.
Ella un poco cabizbaja, él, cómodo.
Por primera vez en mucho tiempo
ella se alejó de la muerte.
Solía roerla, mirarla como figura poliédrica,
hasta llegar al hueso de lo inexplicable.
Se la imaginaba sin color, vacía,
nada -cuando era optimista-,
como la anestesia que durmió su cuerpo
la vez que esas formaciones crecieron, invasivas,
en sus senos.
Le dijeron: cuenta… 10, 9, 8… negro.
Prefería evitar las llamas -o el ruido.
Alguien alguna vez había dicho 
que el castigo es lo que más se teme-
y el infierno,
porque no tenía escapatoria alguna.
En él, parco, a su lado,
ella había renunciado a cualquier intento de cielo.
Él, en silencio, hizo que ella cambiara
su manera de pensar.
Pero hoy, ella no se acerca a la muerte,
no le teme, no la nombra.
Hoy, ella camina callada y cabizbaja,
mirándolo de reojo, inquieta y sobria,
pensándose en el mismo borde de la dicha,
lo más feliz que puede ser,
porque tampoco se engaña: conoce lo efímero,
lo toca de cerca cada vez que un encuentro se le escurre.

Hace calor, volteo y no siento la muerte
-ni aquí ni lejos-
y él me sorprende.
Sus ojos tropiezan con la sonrisa apenas esbozada de mis labios,
descubren la trampa,
trepan por mi nariz y se incrustan en los míos.
Tiene esa capacidad de descorrerme la mirada
y dejarme niña.
Me perturba porque no indaga: sabe.
Sabe que lo amo, sabe que me rinde,
sabe que el cuerpo toma decisiones por su cuenta
y traiciona.

Hace calor.
El sol ajeno enciende la piel.
Ella siempre tendrá su París personal,
que no es París, tampoco llueve.
París es un paseo por las calles salpicadas de verde,
amuralladas por plazas,
iglesias y palabras que son historias en su voz…
la voz que no se alza pero es dura como roca,
blanda como roca.
Su voz, acaso audible, sonríe con lo prohibido de cuentos lejanos.
Él murmura, la roza levemente.
Ella lo sigue amando, en gerundio.

Regresamos así, sobresaltados,
por la torpeza de cada encuentro de manos
-somos un poco mutilados de expresión-.
Callados. Con calor.
De vuelta al tácito hogar que nos absorbe,
a la paradójica pertenencia
de un hotel impersonal,
a la calidez del frío
que nos toca desde sus paredes.

Ella fue de él, ha sido de él, será de él
-ella: siendo-
en todas las formas que se definen con los actos
y no con las palabras,
de todas las maneras no dichas
pero escritas con saliva y dedos
en el camino ahogado hacia el instante,
con la lucha del sudor,
el estertor del gruñido.
Ella, él no lo sabe, se ha dejado marcar.
Aceptó que le pusieran firma.
Botó la llave de la puerta. Por ahora, no saldrá.

Caminarán, callados.
Y ella recordará todo esto que he escrito.

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